domingo, 4 de noviembre de 2018

Blablablabeando

Desenvuelto, huesudo y flaco aunque bien parecido, lenguaraz, imaginativo, mentiroso. Así le conocían en el colegio, y él se sentía orgulloso de ser como era y de lo que le auguraba su abuelo: candidato perfecto para vivir del cuento. Acertó: siendo aún jovencito se emparejó con la hija de un ricachi y se fue a vivir con ellos, por el morro. Tiempo después, le vendió la burra a su suegro y le montó un negocio de nigromancia telefónica, de esos que te adivinan el futuro a través de un 806. Y de allí a un canal de televisión local nocturno, donde echaba las cartas del tarot a quien llamaba. Por el día se dedicaba a balancear los minutos empleados para pasar la minuta. Así toda su vida: viviendo del cuento y del recuento.

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