miércoles, 4 de octubre de 2017

Paseo por el mercado de ocasión

Inopinadamente, sin mayor apuro
transito por el mercado de la memoria
y me encuentro cómodo, arropado, húmedo.
Aquí hay puestos variados para
vender con manos sucias y
mucho predicamento mercancías
sin HISTORIA ESCRITA CON MAYÚSCULAS.

Yo mismo puesto en venta también
puedo ofrecer mi yo usado
                                    manipulado
                                   gastado
                                   exprimido
                                   rodado
a un precio asequible
a convenir
para labores de riesgo:
            retrasar la hora
              desplegar banderas
                insultar en voz baja
                  buscar imperdibles
                    argumentar falacias
                      llorar quimeras
                        afilar mondadientes
                          emborronar mapas

Entrañable mercadillo de ocasión
a la salida de misa
para pájaros bicolores henchidos de bondad.

martes, 26 de septiembre de 2017

La silla

La silla vacía, ante mí
                                               esperándome.
No me siento, camino
                                               encontrándome
                                               abandonándome
pisando mi propia huella
la que borra el viento
la que permanece en mi historia.

La silla ahora está ocupada
                                               por la sombra
y vuelve a esperar el aliento
del que no es viajero
                                               sino náufrago.

Allí, en la silla,
quedarán sus ilusiones
convertidas en cenizas.

viernes, 28 de julio de 2017

Paseo por el jardín de los ombligos en flor

están todos, aquí, allá, amargados / melosos:

LS      cejijuntos, que dormitan entre páginas de tul
LS      boquiabiertos, salpicando rasguños lejos del tiempo
LS      manirrotos, empujando los bueyes del llanto y el error

LS      cariacontecidos, dueños de basuras con sabor a príncipe
LS      manipulados, lentos ausentes de palabras huecas y silencios tristes
LS       ojialegres, bajo la lluvia de trapos con pretextos antediluvianos

LS      ojituertos, de vista cansada recordando horizontes de hielo
LS      patiquebrados, con su obligación de atravesar multitudes ciegas
LS      capigorristas, que gritas a sordos y se peinan con laca el tupé

LS      culipandas, fraternales vampiros anillados, sumisos
LS      lengüilargos, gritando complejas cábalas para alborotar gallineros
LS      cuellicortos, que se levantan por las mañanas para empezar a morir

LS      cuellierguidos, sosteniendo plumas que dibujan garabatos en el aire
LS      patidifusos, sin piedad por las almas que se ahogan en delirios
LS      desdentados, que se miran absortos en los escaparates de Harley Place

LS      barbilampiños, en campanas de cristal nacidos jueves
LS      peliagudos, de risa floja sorbiendo nubes de algodón        y
LS      pecholobos, con sus trompetillas bogando a la altura de oídos compungidos

Todos tienen la piel manchada de locura

jueves, 11 de mayo de 2017

Sin viento

El viento ha cesado
ausencia

Nada vuelve a caer
sobre la delgada película de hielo

Solo el aliento música de la respiración
forzada
infinitamente lejana
donde la mujer yaciente
                                   desapercibida
juega la doble partida ganada
                                      perdida
con la cabeza gacha la mirada fría.

Nada se mueve
                        nada importa
ni la verdad, la mentira
ni el rostro sin defensa.

Sin viento.

martes, 2 de mayo de 2017

A vosotros

Me dirijo a vosotros por última vez
muñecos articulados
títeres de guiñol
personajes de trapo y palo
del cuento archiconocido que representáis día a día
para niños y jóvenes de todas las edades:
            «Había una vez… en un lugar llamado Educalia…»

Os digo que estáis miopes de tanto miraros el ombligo
artríticos de tanto volver la cabeza
para aseguraros que nadie os calienta el asiento

Los niños y los jóvenes se saben el cuento de memoria
y también recitan otros bien aprendidos:

            «Hay un país donde reina la diosa Aritnem…»
«En el castillo, rodeado de serpientes,
viven dos hermanos: Latrocinio y Corruptela…»

Os digo por última vez
que vuestra mediocridad me enerva y me entristece
que no esperéis de mí algo más de lo que ya os he dado

viernes, 21 de abril de 2017

Por la boca muere el pez

—Los de televisión española…
—¿La uno?
—Sí, mira… —En la tele están los gemelos trajinando, removiendo fritanga y cortando lonchas. El ruido ambiente no deja oír lo que explican.
—¿Qué?
—Que hacen una programación perfecta.
—¿A qué te refieres?
—Pues que a los otros canales lo único que les interesa es copiarse, contraprogramarse; pero los de la uno, la del gobierno, lo tienen todo muy bien calculado —acompaña las frases tenedor en mano, como una batuta—. Fíjate: cuando la gente está preparando la comida, lavado la lechuga... meten un programa de cocina.
—La gente, no. Dirás las mujeres.
—Bueno, eso. Pues ahí están los gemelos y claro, eso, si tienes la tele puesta, pues ayuda. Los dos tomates y la lechuga te parecen un plato de cinco estrellas michelín —Pincha medio espárrago de la ensalada que tienen al centro de la mesa, circular, recoleta, en n extremo de restaurante atiborrado, como siempre.
—Cuando se ponen a comer, el regional, o sea, cuatro chorradas de las fiestas de los pueblos y si va a llover hoy. Así entran mejor los macarrones —La mujer le sigue el rollo mientras va ensartando las patatas fritas que acompañan tres chuletas a la brasa. No sabe a dónde quiere ir a parar.
—Terminada la comida, el café y un poco de sobremesa. El programa, el del corazón, el Hola televisado, los chismes del famoseo. Para empezar bien la digestión, dulcecita —Ya se ha zampado, mientras avanza su discurso, dos trozos de conejo guisado con caracoles. Los de la mesa de a lado, un matrimonio de parecida edad, uno frente al otro, están pidiendo los postres.
—Y luego, cuando quien más quien menos están resoplando en la siesta, las noticias del telediario. ¡Ah!, pero primero las internacionales, qué mal está el mundo, y cuántas calamidades. Después, cuando la gente ya no se entera de nada, las nacionales: el caso tal, el caso cual, la corrupción… ¡La vida es bella, y aquí no pasa nada! Lo que no se ve en la tele, no existe.
—Me parece —concluye la mujer, después del sermón del marido— que es un enfoque bastante tendencioso.
Siguen comiendo, cada uno a lo suyo, intentando aislarse del parloteo general. Alzan la vista del plato. Con cierta discreción, observan a la mujer de la mesa de al lado. Pelo corto teñido de rojo, cara bastante arrugada, gesto resuelto. Se adivina una mujer de ordeno y mando, por su actitud. Acaba de sonar la musiquilla del móvil que tiene el marido encima de la mesa y lo ha cogido con decisión, sin dar tiempo a que el hombre ni siquiera alargara la mano. Entre el barullo ambiente (unas veinte personas comiendo distribuidas en siete mesas, un local de veinticinco metros cuadrados más o menos, y dos niños chillones) oyen a la mujer de pelo rojo, teléfono a la oreja: «¿Quién es?», pausa. «Sí, Juan es mi marido, sí», pausa. «¿Que quiere qué?», pausa. Ahora es más difícil escuchar, una camarera toma nota en otra mesa cercana, y se hace oír. «No, no se puede poner. Está conduciendo». El marido le hace gestos para que le pase el móvil, la mujer se niega, el hombre desiste. «¡Que le digo que no puede, que está conduciendo!», el cabreo va en aumento.
El hombre de la disertación televisiva mira con sorna a su mujer. Qué morro, quiere decirle. Y se lo va a creer, si por el teléfono hasta va a escuchar a la camarera. O al vozarrón de los clientes: «¡Para mí, cuajada!».
«¿Por qué no llama más tarde? Ya le repito que está conduciendo», mira al marido, ahora risueña, le hace gracia su mentira, y él vuelve a insistir. Por fin, se levanta lo suficiente para arrebatarle el móvil.
«Dígame. ¿Qué quiere?», pausa. «Sí, soy Juan Corbacho», pausa, ahora más larga. El hombre pone cara de extrañeza, cubre con la mano el móvil y le dice a su mujer, la del pelo rojo, que le han dicho que por su seguridad van a grabar la conversación. «Sí, dígame… Pues claro, ya se lo ha dicho mi mujer, estoy conduciendo», pausa, también larga, mientras el hombre se queda sorprendido primero, paralizado después. Cierra los ojos, los abre, mira a su mujer, que aguarda, hurgándose con un mondadientes.
Los que observan la escena con disimulo también esperan saber en qué queda la trapisonda, expectantes al ver la cara de Buster Keaton que luce el vecino cuando deja por fin el aparato en la mesa.
—Me han dicho que era la policía de tráfico. Que han grabado la conversación y que me van a multar por utilizar el móvil mientras conduzco, que forma parte de la campaña que han puesto en marcha. Pueden multar si los ven desde el aire con el helicóptero o así, por teléfono. Que va a ser gorda porque además hay tráfico intenso y me van a quitar puntos.
La mujer del pelo rojo, sin parpadear, se acaba de pinchar con el mondadientes y un hilillo de sangre se le escurre por la comisura del labio inferior.

martes, 18 de abril de 2017

Nadie

No hay nadie tras esta puerta cerrada
                        —¿nadie?, nunca hay nadie—
nadie tras la pared de esta cáscara cárcel
donde envuelvo mis viejas heridas
con tristes celofanes descoloridos.
                                                          
Aquí, sin prisa, sigo vomitando secretos plastificados
embadurnados con cenizas de perdón.

Acerco, intento vano repetido
                                   la mano
                                   la boca
                                   el ojo
al límite de la impureza consentida.
Creo ver la sombra de la certeza
dibujada en cada grieta,
imagino el hálito de un atisbo de ternura
en el hueco trono de una araña defenestrada
e invoco, torpe, sediento de espasmos
salmos que solo yo escucho
recetas mágicas para escapar
                                   creerme vivo
                                   mansear el cielo.