jueves, 17 de diciembre de 2015

Fuego fatuo

Fue el sutil misterio de la sombra hendida,
halo de palomas negras en los impenetrables
brillos de un fuego fatuo aún no llorado;
fue cuando los tristes destellos de la muerte
anunciaban el vuelo de la palabra ahogada,
antes de que la materia madre dejara su rescoldo
funerario.

Entonces  vi el clamor, la inflamación, la llama
transitando perversa por los confines de la vida
fatigada.
Y pude vagar, sin huellas, por las penas
del orgullo maltratado, repitiendo una vez, y otra,
lo que mi boca apagaba día a día.

Anduve, sí, por el lodo y el pantano
empujado por el viento de un enero enfebrecido,
aún no llorado el diciembre huracanado.
Caminé con los pies desnudos, las manos desnudas,
plegarias incoloras en la niebla de los sueños;
rumores de pálidos cantares de una juventud inacabada.

Ahora, la señal tiene el color de la planicie rota,
pero todavía vengo del hombre para el hombre;
y sé reconocer al prisionero que nunca dijo adiós desde la acera.
Ahora, cada paso eleva una hoja
de un otoño tan amplio como el mundo:
he aprendido a caminar entre el cortejo de tumbas
como el fuego fatuo de los cementerios.

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