sábado, 14 de marzo de 2015

UNA PUNZADA EN EL ESTÓMAGO

Esa noche, contemplando una vez más el cielo estrellado en su particular observatorio, sintió una punzada en el estómago. Estaba recostado en el diván de la azotea de su casa, en Taregna, donde había nacido y pasado la mitad de su vida dedicada al estudio del firmamento, a los cálculos matemáticos y a la geometría. Él, a sus 52 años, era un hombre afamado, admirado por los poderosos, quienes le consultaban por sus explicaciones sobre los sobrecogedores eclipses, por su gran sabiduría y ponderación. Es más, quien más quien menos dedicaba horas de sueño a desentrañar la ciencia encerrada en los libros de este sabio, Aryabatha, que seguía aferrado a la tradición védica utilizando las letras del alfabeto para sus anotaciones numéricas.

Volvió una segunda punzada, que le hizo sopesar una extraña coincidencia. Según su particular calendario, era la noche del 19 de junio, o sea, que habían pasado 200 días de aquel año tan especial, el 528 de la era común, y con su largo catalejo de 160 angulas había contado 119 puntos luminosos que se destacaban en la negrura celeste.

¡Era increíble! Su mente matemática le condujo por una serie de cálculos absurdos, multiplicando el número de estrellas contadas esa noche por el año en curso, por una parte, y la longitud del catalejo por los días transcurridos en ese año por otra. Las dos cantidades se le aparecieron como flases al cerrar los ojos una y otra vez: 62832 y 20000.

Únicamente un impulso del más allá podía haber reunido aquellos disparatados datos, pero así era: solo tenía que relacionar las dos cantidades mediante una simple división para obtener los cinco dígitos que le habían dado ese día del incipiente verano la mayor de sus satisfacciones, el 3,1416 que todos los matemáticos andaban buscando.



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