No puede entenderse que el concejal de movilidad, o
quienquiera que tenga una voz autorizada del Ayuntamiento, no haya salido aún a
explicar que eso de la raya verde pintada en las aceras no forma parte del
ambicioso proyecto bici-Cas, que debería colocarnos a la altura de las ciudades
más comprometidas con el transporte ecológico.
No puede entenderse que, humildemente, no confiese que ha sido una idea
peregrina de alguien no muy lúcido que quería con unos cuantos euros dar
carpetazo al compromiso electoral de no-sé-cuántos kilómetros de vías para
desplazamiento en bici por la ciudad.
Ni puede entenderse que teniendo el equipo de gobierno un concejal profesor de
educación física – que algo debe entender del asunto – no advirtiera que era
una soberana tomadura de pelo. Quizá será que, como ahora no ejerce y ocupa un
puesto indefinido (pero bien apoltronado) para otros menesteres también
indefinidos, ni siquiera le hayan consultado.
Para quien no lo sepa, la 'raya-bici' es una línea discontinua (verde, eso sí,
que es más ecologista) que discurre por algunas aceras de la ciudad, y que
marcan el camino que deben seguir los ciclistas, sorteando árboles, bancos,
mesas y sillas de la terraza de algún bar, contenedores de basura, pasando
cruces con o sin semáforo... y que comienzan y terminan en un bordillo con un
stop pintado, sin más solución de continuidad, invitando a un viaje a ninguna
parte.
Una agente de movilidad me dijo, con cierto rubor, que estas vías iban a conectar
los puntos de alquiler de bicis, pero que no estaba claro, porque alguna, como
la de la acera de la calle Gobernador, era tan estrecha que en algunos puntos
no cabía ni la bici. Lo cierto es que aún no he visto a nadie utilizarla, y,
para más inri, lo prohíbe expresamente el artículo 121.5 del Código de
Circulación.
Poco a poco desaparecerán las rayas, y sólo quedarán, como vestigios
permanentes de esta brillante idea, para mayor gloria de los promotores, las
plaquitas redondas que ilustran las líneas pintadas, en las que junto a una
bicicleta verde se puede leer: “passió x Castelló”
lunes, 8 de diciembre de 2008
domingo, 30 de noviembre de 2008
OLVIDO HISTÓRICO, MEMORIA MILITANTE
Examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito
de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.
Éstas son las partes del sacramento de la confesión que recitábamos de carrerilla cuando a los ocho años nos preguntaban el Catecismo Ripalda, materia obligadísima que aprendíamos en perfecto castellano. Tenía, efectivamente, una virtud: nos permitió desarrollar tempranamente la memoria, para después utilizarla en el aprendizaje de otras materias, desde la lista de ríos de África hasta las Coplas de Jorge Manrique.
La Iglesia Católica, por aquel entonces en perfecta simbiosis con el Estado, tenía puesta en esta capacidad intelectual una gran consideración: el sacramento de la confesión, escenificación de la dialéctica pecado – redención, se constituye en pieza fundamental del andamiaje del creyente, y para ello es condición primera hacer memoria, examinar y tomar conciencia de la conducta. No puede haber redención con olvido, pues es necesario rememorar íntimamente primero y públicamente después los actos reprobables para solicitar la absolución.
Pasa además, como en todas las religiones, que el buen creyente debe saber recitar de memoria los contenidos esenciales de la doctrina, instrumento de transmisión de la fe. Por ello decimos que la Iglesia Católica tiene una apuesta importante con la memoria individual y colectiva.
Sin embargo, cuando se toca el tema de lo que se viene llamando 'memoria histórica', lo que quiere la jerarquía eclesiástica poner en valor es, contrariamente, el olvido. El señor Rouco lo ha dicho bien claro: quiere que nos olvidemos de las atrocidades que se perpetraron, en parte en connivencia con su iglesia, para lograr una “sana purificación de la memoria”. Sustenta que para reconciliarse con la memoria hay que olvidar, pues así se evita la rencilla y el rencor.
Señor mío, está usted muy equivocado, o tiene mala memoria. Siguiendo precisamente su estrategia sacramental, para alcanzar el perdón y con él la gracia no hay que olvidar, sino todo lo contrario: debemos poner sobre la mesa, sin rencor, la verdad, pues ésta nos librará de las ataduras del pasado. Después podremos sana y colectivamente 'olvidar'.
El olvido, señor Rouco, es una planta que florece junto a las tumbas, dice el dicho. Pero el olvido ni borra el acontecimiento, ni lava el imaginario.
Estamos por la memoria. No la memoria pasiva, nostálgica, que, como dice Feinmann, se agota en el hecho que recuerda, que anula el presente en la exaltación de un pasado irrecuperable, sino la memoria activa y creadora, que busca la esencia movilizadora del pasado en un compromiso con el presente.
Éstas son las partes del sacramento de la confesión que recitábamos de carrerilla cuando a los ocho años nos preguntaban el Catecismo Ripalda, materia obligadísima que aprendíamos en perfecto castellano. Tenía, efectivamente, una virtud: nos permitió desarrollar tempranamente la memoria, para después utilizarla en el aprendizaje de otras materias, desde la lista de ríos de África hasta las Coplas de Jorge Manrique.
La Iglesia Católica, por aquel entonces en perfecta simbiosis con el Estado, tenía puesta en esta capacidad intelectual una gran consideración: el sacramento de la confesión, escenificación de la dialéctica pecado – redención, se constituye en pieza fundamental del andamiaje del creyente, y para ello es condición primera hacer memoria, examinar y tomar conciencia de la conducta. No puede haber redención con olvido, pues es necesario rememorar íntimamente primero y públicamente después los actos reprobables para solicitar la absolución.
Pasa además, como en todas las religiones, que el buen creyente debe saber recitar de memoria los contenidos esenciales de la doctrina, instrumento de transmisión de la fe. Por ello decimos que la Iglesia Católica tiene una apuesta importante con la memoria individual y colectiva.
Sin embargo, cuando se toca el tema de lo que se viene llamando 'memoria histórica', lo que quiere la jerarquía eclesiástica poner en valor es, contrariamente, el olvido. El señor Rouco lo ha dicho bien claro: quiere que nos olvidemos de las atrocidades que se perpetraron, en parte en connivencia con su iglesia, para lograr una “sana purificación de la memoria”. Sustenta que para reconciliarse con la memoria hay que olvidar, pues así se evita la rencilla y el rencor.
Señor mío, está usted muy equivocado, o tiene mala memoria. Siguiendo precisamente su estrategia sacramental, para alcanzar el perdón y con él la gracia no hay que olvidar, sino todo lo contrario: debemos poner sobre la mesa, sin rencor, la verdad, pues ésta nos librará de las ataduras del pasado. Después podremos sana y colectivamente 'olvidar'.
El olvido, señor Rouco, es una planta que florece junto a las tumbas, dice el dicho. Pero el olvido ni borra el acontecimiento, ni lava el imaginario.
Estamos por la memoria. No la memoria pasiva, nostálgica, que, como dice Feinmann, se agota en el hecho que recuerda, que anula el presente en la exaltación de un pasado irrecuperable, sino la memoria activa y creadora, que busca la esencia movilizadora del pasado en un compromiso con el presente.
martes, 11 de noviembre de 2008
DINERO PÚBLICO, INTERÉS PRIVADO
- Yo soy pepera, ya lo sabe usted. Pero, ¿verdad que
no he sido muy dura?
De este modo tan tierno y cercano, casi confidencial, terminaba una entrevista en la TV Castellón, hace algunas semanas, su directora Sonia Miralles – llamada por algunos 'la tronchita' – al Subdelegado del Gobierno, Antonio Lorenzo.
Pasada la primera reacción de estupor al contemplar tan escandalosa y burda forma de hacer 'periodismo', o lo que sea, pues la primera regla del entrevistador es mantener una formalidad neutral, me quedó la duda entonces qué quería decir la polifacética entrevistadora cuando se autocalificaba de pepera: ¿que está afiliada al PP?, ¿que vota al PP porque comulga con su ideología y programa?, ¿que está a sueldo del PP?, ¿algunas de las tres cosas anteriores, o todas ellas?. En definitiva: ¿qué significa “ser pepero”?
Porque dada su trayectoria familiar, conocidísima su devoción por don Carlos y la forma tan al estilo de la rancia derecha local con que día a día se muestra a su público, esta confesión era una obviedad que, amén de calificarla profesionalmente, no venía a cuento.
Pero al conocer la noticia de estos días sobre cómo el hijo de un renombrado político ha obtenido un puesto en la gerencia de la Ciudad de la Justicia de Castellón, o cómo un familiar directo de otro conseller ha sido 'colocado', cuando menos haciendo forzados equilibrios con la ley (mientras no se demuestre algo peor), pero ambos casos sin el más mínimo pudor, el sentido último de “ser pepero” se me ha revelado más claramente, y me ha venido a la memoria cómo se ha utilizado el virtual proyecto de la Ciudad de las Lenguas para que el señor Joseti perciba un generoso sueldo del erario público o cómo, sin ir más lejos, la señora Miralles, la entrevistadora, accedió a una plaza en el Impiva, cómo se forjó su traslado al servicio territorial de Turismo tras las trifulcas con su jefa o cómo es capaz de compatibilizar su trabajo público con su profesión privada, tan pública por otra parte.
Quizá todo esto es lo que quería decir.
jueves, 23 de octubre de 2008
EpC: ¿PERVERSIDAD O CRETINISMO?
Que el Partido Popular sea tan radicalmente
beligerante contra la asignatura Eucación para la Ciudadanía por planteamientos
ideológicos es sólo una verdad a medias; más bien puede pensarse que su
estrategia responde prioritariamente a elementales razones electorales.
Aunque ahonda sus raíces ideológicas en principios que sostiene la democracia cristiana, y aunque en sus filas haya dirigentes de origen y praxis del nacional-catolicismo, presume su ideario político de estar sustentado en una ética laica, que entronca con las viejas ideas ilustradas (ése era su canto al centrismo). Ideas, principios y valores en los que se fundamentan los objetivos y contenidos curriculares de esta asignatura. Nadie en el PP se ha postulado contrario a los preceptos constitucionales y a los derechos humanos.
Por el contrario, la Iglesia Católica, que siempre ha pretendido universalizar su particular moral religiosa, creyéndose que todo el monte es orégano, que necesita del Estado para que le suministre y disponga los bancos de peces en los que cargar sus redes de adeptos, su enfrentamiento contra la asignatura sí es, precisamente, de tipo ideológico. No puede admitir que el sistema educativo incluya una asignatura que choca frontalmente con su ideario ético, el cual es sistemáticamente inculcado en sus centros apoyándose en el cínico argumento de la libertad de enseñanza. Su objetivo, en esta confrontación, es que su estatus de privilegio no quede mermado, más ahora que ve cómo en nuestra sociedad proliferan multitud de grupos religiosos protestantes, ortodoxos y musulmanes.
Pero el PP, en esta frenética actividad de pesca, sabe que su vivero de votos se concentra alrededor de los centros educativos religiosos. Y por ello no duda en alinearse con la Iglesia Católica para, en comunidad de intereses, sacar provecho partidista.
Aquí radica la maldad del planteamiento, al utilizar la educación de nuestros jóvenes como arma electoral. Y con retorcimiento, pues para ello se atreve a sostener que esta asignatura la ha implantado el gobierno para formar futuros socialistas (¡Qué fácil le sería a un partido político ganar elecciones!).
En nuestra Comunidad esta maldad se reviste de algo peor, que raya en el cretinismo político, cuando se intenta maquillar con la cuestión del inglés y del trilingüismo. No sé si fue mister Frank Countries, our President (así se le va conociendo en los círculos docentes) o mister Fountain of Blackberry, como jocosamente y sin ninguna vergüenza se autodenomina el susodicho, el ocurrente de semejante desatino, pero los dos, desde ese primer alumbramiento del esperpento, están rivalizando día a día para ver quién llega más alto en su particular ranking de necedades, con sus manifestaciones, sus amenazas y sus resoluciones.
Al final, no sabremos si todo esto es producto de la perversidad o del cretinismo; pero yo, puestos a elegir, prefiero ser gobernado por un malvado inteligente que por un buenazo simplón. Claro que la combinación de los dos es peligrosísima.
Aunque ahonda sus raíces ideológicas en principios que sostiene la democracia cristiana, y aunque en sus filas haya dirigentes de origen y praxis del nacional-catolicismo, presume su ideario político de estar sustentado en una ética laica, que entronca con las viejas ideas ilustradas (ése era su canto al centrismo). Ideas, principios y valores en los que se fundamentan los objetivos y contenidos curriculares de esta asignatura. Nadie en el PP se ha postulado contrario a los preceptos constitucionales y a los derechos humanos.
Por el contrario, la Iglesia Católica, que siempre ha pretendido universalizar su particular moral religiosa, creyéndose que todo el monte es orégano, que necesita del Estado para que le suministre y disponga los bancos de peces en los que cargar sus redes de adeptos, su enfrentamiento contra la asignatura sí es, precisamente, de tipo ideológico. No puede admitir que el sistema educativo incluya una asignatura que choca frontalmente con su ideario ético, el cual es sistemáticamente inculcado en sus centros apoyándose en el cínico argumento de la libertad de enseñanza. Su objetivo, en esta confrontación, es que su estatus de privilegio no quede mermado, más ahora que ve cómo en nuestra sociedad proliferan multitud de grupos religiosos protestantes, ortodoxos y musulmanes.
Pero el PP, en esta frenética actividad de pesca, sabe que su vivero de votos se concentra alrededor de los centros educativos religiosos. Y por ello no duda en alinearse con la Iglesia Católica para, en comunidad de intereses, sacar provecho partidista.
Aquí radica la maldad del planteamiento, al utilizar la educación de nuestros jóvenes como arma electoral. Y con retorcimiento, pues para ello se atreve a sostener que esta asignatura la ha implantado el gobierno para formar futuros socialistas (¡Qué fácil le sería a un partido político ganar elecciones!).
En nuestra Comunidad esta maldad se reviste de algo peor, que raya en el cretinismo político, cuando se intenta maquillar con la cuestión del inglés y del trilingüismo. No sé si fue mister Frank Countries, our President (así se le va conociendo en los círculos docentes) o mister Fountain of Blackberry, como jocosamente y sin ninguna vergüenza se autodenomina el susodicho, el ocurrente de semejante desatino, pero los dos, desde ese primer alumbramiento del esperpento, están rivalizando día a día para ver quién llega más alto en su particular ranking de necedades, con sus manifestaciones, sus amenazas y sus resoluciones.
Al final, no sabremos si todo esto es producto de la perversidad o del cretinismo; pero yo, puestos a elegir, prefiero ser gobernado por un malvado inteligente que por un buenazo simplón. Claro que la combinación de los dos es peligrosísima.
lunes, 13 de octubre de 2008
NI CON RASQUETA
Una de las imágenes que ilustran mi memoria infantil
muestra ambos lados de las principales calles de mi pueblo llenas de goterones
de cera, los cuales, tras las grandes procesiones, persistían algunas semanas,
hasta que poco a poco iban desapareciendo. Nadie se atrevía a limpiarlos; sólo
el tránsito de la gente iba llevándose el recuerdo del fervor religioso.
Ahora, bastantes años después, esa imagen es continuamente remedada cuando transito las calles de nuestra ciudad, sobre todo las más céntricas. Dado lo poco estimulante que es alzar la vista hacia las alturas de las viviendas, que muestran la clásica anarquía arquitectónica de Castellón, la vista al pavimento nos descubre un aspecto poco usual de la ciudad: las innumerables manchas y costras de chicles pisadas una y mil veces por ciudadanos anónimos, manchas que, como dice mi madre “no se van ni con rasqueta”.
Podríamos pensar que ese antihigiénico acto de tirar el chicle mascado al suelo es solamente propio de los jóvenes, que es en los alrededores de los institutos donde se concentran las pruebas indelebles de esta muestra de incivilidad. Pero no: podemos encontrarlos a lo largo y ancho de las aceras y plazas e, incluso, podemos aportar algunos datos de muestras contabilizadas que podrían aventurar algún estudio sociológico de más envergadura. Podríamos, si cabe, realizar estudios comparativos con otras ciudades “limpias”. Y todo ello un año después de que el Ayuntamiento se gastara 62000 euros en una campaña especial de limpieza que llegó a recoger, dicen, 11 kilos de chicles pegados. De nada sirven las más de 1000 papeleras del Plan de Renovación si la gente no las utiliza. También es posible que tal limpieza no fuera lo útil que pregona la publicidad institucional, pues es en los alrededores del Ayuntamiento donde más persisten. Las cifras cantan:
Calle Enmedio (junto a la Puerta del Sol): 13 manchones / m²
Calle Mayor (junto a la Plaza Santa Clara): 24 / m²
Pasaje de Colón a la Plaza Mayor (junto al Ayuntamiento): 26 / m²
Calle José García: 34 / m²
Plaza Pescaderia: 42 / m²
Calle Poeta Guimerá (esquina calle Alloza): 18 / m²
Avenida del Rey (frente a Correos): 17 / m²
Esta sucia situación sólo se remedia si evitamos la acción trasgresora, y para eso, parece ser, se ha implantado la nueva Ordenanza de Convivencia Ciudadana. Sin embargo, los redactores del prolijo listado de acciones indeseables no han incluido una referencia expresa de este insano hábito. Sólo una amplia interpretación del artículo 10, que prohibe el ejercico público de las necesidades fisiológicas, entre ellas la de escupir, puede dar cabida al acto de tirar un chicle, pues habitualmente está embadurnado en saliva. Y si es así, la catalogación del acto punible puede ser falta grave (artículo 33), si se realiza en espacios de mayor concurrencia de personas o menores, lo que estaría penado con una sanción de 751 euros. Claro que siempre puede echarse mano del 36 (reparación de daños), que permite exigir al infractor/a la reposición de la situación alterada, esto es, darle una rasqueta y mandarle a limpiar aceras.
¿Es esto una broma? ¿O acaso se puede pensar que van a imponer multas si ven a alguien tirar un chicle al suelo?
Únicamente dos acciones pueden ser realmente eficaces: limpiar de una vez por todas las zonas más transitadas de la ciudad y realizar contínuas campañas educativas y de concienciación cívica sobre el tema.
Ahora, bastantes años después, esa imagen es continuamente remedada cuando transito las calles de nuestra ciudad, sobre todo las más céntricas. Dado lo poco estimulante que es alzar la vista hacia las alturas de las viviendas, que muestran la clásica anarquía arquitectónica de Castellón, la vista al pavimento nos descubre un aspecto poco usual de la ciudad: las innumerables manchas y costras de chicles pisadas una y mil veces por ciudadanos anónimos, manchas que, como dice mi madre “no se van ni con rasqueta”.
Podríamos pensar que ese antihigiénico acto de tirar el chicle mascado al suelo es solamente propio de los jóvenes, que es en los alrededores de los institutos donde se concentran las pruebas indelebles de esta muestra de incivilidad. Pero no: podemos encontrarlos a lo largo y ancho de las aceras y plazas e, incluso, podemos aportar algunos datos de muestras contabilizadas que podrían aventurar algún estudio sociológico de más envergadura. Podríamos, si cabe, realizar estudios comparativos con otras ciudades “limpias”. Y todo ello un año después de que el Ayuntamiento se gastara 62000 euros en una campaña especial de limpieza que llegó a recoger, dicen, 11 kilos de chicles pegados. De nada sirven las más de 1000 papeleras del Plan de Renovación si la gente no las utiliza. También es posible que tal limpieza no fuera lo útil que pregona la publicidad institucional, pues es en los alrededores del Ayuntamiento donde más persisten. Las cifras cantan:
Calle Enmedio (junto a la Puerta del Sol): 13 manchones / m²
Calle Mayor (junto a la Plaza Santa Clara): 24 / m²
Pasaje de Colón a la Plaza Mayor (junto al Ayuntamiento): 26 / m²
Calle José García: 34 / m²
Plaza Pescaderia: 42 / m²
Calle Poeta Guimerá (esquina calle Alloza): 18 / m²
Avenida del Rey (frente a Correos): 17 / m²
Esta sucia situación sólo se remedia si evitamos la acción trasgresora, y para eso, parece ser, se ha implantado la nueva Ordenanza de Convivencia Ciudadana. Sin embargo, los redactores del prolijo listado de acciones indeseables no han incluido una referencia expresa de este insano hábito. Sólo una amplia interpretación del artículo 10, que prohibe el ejercico público de las necesidades fisiológicas, entre ellas la de escupir, puede dar cabida al acto de tirar un chicle, pues habitualmente está embadurnado en saliva. Y si es así, la catalogación del acto punible puede ser falta grave (artículo 33), si se realiza en espacios de mayor concurrencia de personas o menores, lo que estaría penado con una sanción de 751 euros. Claro que siempre puede echarse mano del 36 (reparación de daños), que permite exigir al infractor/a la reposición de la situación alterada, esto es, darle una rasqueta y mandarle a limpiar aceras.
¿Es esto una broma? ¿O acaso se puede pensar que van a imponer multas si ven a alguien tirar un chicle al suelo?
Únicamente dos acciones pueden ser realmente eficaces: limpiar de una vez por todas las zonas más transitadas de la ciudad y realizar contínuas campañas educativas y de concienciación cívica sobre el tema.
viernes, 10 de octubre de 2008
UNA NUEVA ORDENANZA DE CONVIVENCIA POLÍTICA
No ocurre lo mismo cuando se describe el modelo que se pretende imponer para su consecución, casi exclusivamente punitivo, sin apenas espacio para la pedagogía, para la educación cívica. Las llamadas 'políticas de fomento de la convivencia' se reducen a un lamentable manojo de frases vacuas. Contrasta con la prolija descripción de las conductas sancionables, las prohibiciones, agrupadas en 21 artículos, así como el régimen sancionador, y esto sí que es propio de una posición política de derechas: el palo y tente tieso como única vía de ordenar la vida ciudadana.
Cierto es que los ciudadanos deben conocer cuáles son los límites de sus derechos y dónde comienzan los del vecino, como cierto es que a la ciudadanía de Castellón le queda un largo camino que recorrer para mejorar sus hábitos convivenciales. Pero también es cierto que los hábitos – no digamos las actitudes – no sólo se adquieren con multas (menos aún cuando su aplicación se antoja arbitraria, y de esto también los ciudadanos de Castellón sabemos mucho), sino que es necesario una prolongada acción educativa, de los padres a los hijos, de los representantes políticos a sus representados, para transmitirles modelos de comportamiento ejemplar.
Puestos a aplicar una nueva ordenanza de convivencia, ahí va la que deberían aplicarse todos nuestros representantes políticos, antes de atreverse a imponer su rasero a los demás: está recogida en un decálogo que quiso ver la luz durante las pasadas elecciones y quedó en la penumbra.
Primero. Queremos políticos de reconocida vocación y dedicación a lo público. Queremos políticos que hagan políticas reales sobre las necesidades de la sociedad y no ciencia ficción y fuegos de artificio en que se quema el presupuesto.
Segundo. Exigimos que nuestros gobernantes sean honestos y lo parezcan; que de su gobernación no salgan enriquecidos, ni ellos ni sus familias ni sus amigos. El decoro y el recato ha de regir sus vidas. Las muestras de lujo y de boato nos molestan por ridículas y por sospechosas. Por ello:
1)Harán pública su Declaración de Bienes ellos y los miembros de su familia nuclear al principio y al fin de su actividad pública.
2)Cuando termine su mandato cesarán en todos los puestos de responsabilidad a los que hayan accedido por razón de su cargo.
3)Durante dos años no podrán regresar o iniciar actividad relacionada con las competencias ejercidas durante su mandato.
4)En el caso de ser inculpados por un Juez cesarán inmediatamente en su cargo para desde su esfera privada defender su presunta inocencia.
5)Exigimos a los Partidos Políticos que se abstengan de incluir en sus listas electorales a personas inculpadas por la Justicia. Es un respeto que se nos debe a los ciudadanos.
Tercero. Es imprescindible que los administradores públicos respeten escrupulosamente el principio de legalidad, fuera del cual sólo crecen las malas hierbas de la recomendación, el amiguismo, el nepotismo, el clientelismo político y, en definitiva, el delito, esquilmadores del campo de la democracia.
Cuarto. Queremos hombres y mujeres veraces. La mentira sistemática como arma en la contienda partidaria ha arruinado la política. La mentira en interés del partido, la incoherencia, la fullería, las patrañas, las tergiversaciones, las calumnias, las injurias… la mentira repetida hasta hacerse “verdad” han convertido la política en algo innoble y despreciable.
Quinto. Nuestros representantes han de ser transparentes. La visibilidad ha de presidir lo que planean, lo que deciden y lo que consiguen.
Sexto. La participación en la res pública nos hace ciudadanas y ciudadanos. Los órganos de participación en nuestra ciudad yacen maniatados por ligazones espurias que atan a muchos de sus representantes. La nueva política se ha de imponer como primera tarea el deshacer los vínculos venales urdidos por el caciquismo.
Séptimo. Una ciudad sólo es habitable si se rige por la justicia, la libertad, la igualdad, la honestidad y la solidaridad. Éstos son los valores morales de los políticos que queremos.
Octavo. Deseamos una ciudad justa. Y una ciudad justa sólo puede ser liderada por mujeres y hombres justos, que son aquellos que están dispuestos a dar a cada uno lo que le corresponde, a tratar desigualmente a quienes son desiguales. Sin el principio de diferenciación no hay verdadera justicia: los jóvenes, las mujeres, la gente mayor, los inmigrantes… requieren especial atención.
Noveno. Pretendemos para el gobierno de nuestra ciudad hombres y mujeres con una conciencia moral madura, que no sólo sean justos, sino también compasivos y responsables de sus acciones.
Décimo. A los que ostentan la representación de sus convecinos les es exigible modestia y comedimiento. No han de subirse a engañosos pedestales de lujo ni a tarimas de vanidad. Vivan mejor a ras de suelo para no perder una idea aproximada de su estatura.
Mírense Alcalde y concejales del PP de Castellón y mírese especialmente el Presidente de la Diputación, señor Carlos Fabra, en el espejo de este decálogo y, si aguantan la imagen que les devuelve, adelante con la ordenanza de marras.
jueves, 2 de octubre de 2008
SON 6 MILLONES
Si fueran catalanes, estaríamos refiriéndonos a
Cataluña, con aquel famoso eslogan, aunque ahora son más de siete. Pero como
son 6 millones de euros, tengo que pasarlo a nuestras pesetas de siempre para
hacerme una idea de lo que estamos hablando: nada menos que de mil millones de
pesetas, que aún podrían ser más si no hubiera tenido la fortuna de tocarle
milagrosamente la lotería.
Mil millones de pesetas cuyo origen buscan con afán los agentes de la Agencia Tributaria. Mil millones repartidos por una red de cuentas bancarias y que acumuló la familia del señor Presidente de la Diputación en cinco años sin justificar al fisco, y que hay que sumar a los otros que declaró y por los que le devolvieron cerca de dos y medio. Hay que suponer que el señor Fabra sí conoce su origen, al igual que aquéllos que contribuyeron a ese enriquecimiento. Y que tendrá irremediablemente que demostrar si quiere seguir siendo inocente.
Mil millones (de pesetas) son 25 o 30 pisos de primera en Castellón, aunque sólo unos pocos si se encuentran en la Castellana de Madrid. Son, aproximadamente, lo que puede ingresar como Presidente de la Diputación de Castellón durante 64 años seguidos, o lo que puede llegar a costarnos los 32 asesores y demás cargos que tiene en la Diputación durante esta legislatura. Sin embargo, mil millones (de pesetas) es el sueldo anual de unos 400 mileuristas.
Si nos referimos a dinero para inversiones, es el presupuesto de construcción de dos Institutos de Educación Secundaria, aunque al final, dada la inmejorable gestión de la empresa pública CIEGSA, los costos se disparan y sólo da para uno; o lo que cuesta la construcción de tres Centros de Salud. Y es, lamentablemente, la cantidad que el Ayuntamiento de Castellón va a dejar de recaudar según sus previsiones, pues la crisis afecta a la economía del ladrillo tan extendida por nuestra ciudad y repercute en las arcas municipales.
Mil millones de pesetas cuyo origen buscan con afán los agentes de la Agencia Tributaria. Mil millones repartidos por una red de cuentas bancarias y que acumuló la familia del señor Presidente de la Diputación en cinco años sin justificar al fisco, y que hay que sumar a los otros que declaró y por los que le devolvieron cerca de dos y medio. Hay que suponer que el señor Fabra sí conoce su origen, al igual que aquéllos que contribuyeron a ese enriquecimiento. Y que tendrá irremediablemente que demostrar si quiere seguir siendo inocente.
Mil millones (de pesetas) son 25 o 30 pisos de primera en Castellón, aunque sólo unos pocos si se encuentran en la Castellana de Madrid. Son, aproximadamente, lo que puede ingresar como Presidente de la Diputación de Castellón durante 64 años seguidos, o lo que puede llegar a costarnos los 32 asesores y demás cargos que tiene en la Diputación durante esta legislatura. Sin embargo, mil millones (de pesetas) es el sueldo anual de unos 400 mileuristas.
Si nos referimos a dinero para inversiones, es el presupuesto de construcción de dos Institutos de Educación Secundaria, aunque al final, dada la inmejorable gestión de la empresa pública CIEGSA, los costos se disparan y sólo da para uno; o lo que cuesta la construcción de tres Centros de Salud. Y es, lamentablemente, la cantidad que el Ayuntamiento de Castellón va a dejar de recaudar según sus previsiones, pues la crisis afecta a la economía del ladrillo tan extendida por nuestra ciudad y repercute en las arcas municipales.
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